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Cuando hace un mes pedí la baja en esta sección para
darme un respiro del atosigante taurinismo, se
acababa de celebrar en Madrid un homenaje al
desaparecido Vicente Zabala, con nutrida asistencia
de figuras, figurones y figurantes. Se dijeron
lindezas a mansalva de un hombre mediocre y
acomplejado cuya única obsesión fue primero
sobrevivir y luego medrar sin complicarse la vida.
Se ha ensalzado la figura del cronista con la misma
frivolidad que se le da trato de 'maestro' del toreo
a Ángel Luis Bienvenida, que siendo torero de
dinastía, imitaba a Manolete y como torero fue
bastante menos que cualquier segundón actual porque
en toda su vida 'profesional' apenas logró sumar
cuarenta corridas, sin dejar ninguna huella en los
ruedos de su difusa personalidad. Ángel Luis fue
simplemente 'el hermano de Antonio' que lo rescató
de las selvas americanas cuando tuvo que colgar el
traje de luces para dedicarse a actividades
madereras, lo mismo que sobrevivió muerto Antonio,
como encargado de las gasolineras de un rico
bienvenidista, que tuvo la generosidad de echarle
una mano. Ha vivido del apellido, dentro de una gran
discreción, que todo hay que decirlo. Ahora lo
llaman 'patriarca de la dinastía Bienvenida' y lo
tratan como 'maestro'. Su padre, el ingenioso 'Papá
Negro' decía para definirlo: "Ángel Luis torea como
un inglés". Ahora está pasando lo mismo con Zabala,
a quien su trágica muerte le ha dado una gloria que
estaba muy lejos de merecer. Campos de España en
Primavera lo ha comparado con Miguel Hernández y con
el Gran Capitán. El untuoso Anson lo califica como
"el mejor crítico del siglo XX" y Ángel Luis dice
que era un gran conocedor del toro y los veía a la
perfección nada más asomar por la puerta de
chiqueros. No se pueden decir más disparates juntos.
Zabala era torerista y del toro lo ignoraba casi
todo, porque no tenía ninguna afición al campo. Le
oí decir muchas veces que el campo era un incordio:
"El campo sólo es bueno para cagar". Tentadero en El
Berrocal Una vez estuvo en un tentadero en mi
ganadería y se pasó la tarde hablando del Real
Madrid con el doctor Diéguez. No se enteró de nada
de lo que pasó en la plaza y luego me dedicó una
crónica aduladora en 'Abc' titulada: 'Salamanca, el
trigo y el amigo'. Poco después le hice otra
titulada: ¿Dónde vas Vicente?, donde sacaba a la luz
sus vergüenzas periodísticas. Me llevó a los
tribunales por supuestas injurias. Comparecí a
juicio sin abogado porque no me hacía falta. A él lo
defendió nada menos que el prestigioso facha Jiménez
de Parga, actual presidente del Tribunal
Constitucional. El Ministerio Fiscal lo ejerció una
contundente morenita que de entrada no encontró
materia alguna querellable en mi artículo, con lo
cual el pomposo letrado Jiménez de Parga perdió
lastimosamente el término ensalzando la
honorabilidad ofendida de su representado al que yo
definía que "siendo pobre y menesteroso debió
hacerse de Comisiones Obreras pero estudió para
monárquico para llegar a ser crítico de 'Abc'". Ya
podéis imaginaros la voltereta que le di cuando se
publicó la sentencia con todos los pronunciamientos
a mi favor. Lo que de verdad dominaba el pobre
Vicente era el fútbol, su arrolladora afición iba
avalada desde socio infantil del Real Madrid. En los
toros seguía siendo y comportándose como un
partidario del Madrid. Veía las corridas con la
óptica de los señoritos de sombra y aunque empezó de
guerrillero denunciando el 'sobre' de los cronistas
vendidos, el afeitado y el toreo de perfil, en
cuanto llegó a 'Abc' se le acabó el talante
contestario y sólo vivió para defender los
privilegios de su butaca, que le garantizaba un
porvenir próspero recordando las privaciones que
pasó de niño. No volvió a mojarse ni arriesgar, ni a
denunciar. Se dedicó a combatir a los que antes
defendía. Y lo defendieron. Le bailó el agua a los
del clavel y logró echarles la plaza encima a los de
la andanada del ocho y al tendido siete. Pactó con
Chopera la maniobra de quitarle el abono a los de la
andanada rodeando a los poco supervivientes con
entradas para jubilados aplaudidores. Pactó con
Chopera la salida de los picadores por la puerta del
tendido ocho, justo encima de donde se pica; para
evitar el largo rodeo de su salida tradicional,
dando tiempo al público para protestar los toros
cojos. Así con la suerte consumada con rapidez y sin
tiempo para observar el supuesto cojo, la empresa se
ahorraba muchos sobreros, que Chopera sabrá cómo se
lo recompensó. En Soto del Real hizo la crónica de
una corrida donde los toros salían echando sangre
por los pitones y no hizo la menor alusión al
serrucho. Para recordarles a los desmemoriados quién
fue Zabala, basta recordar aquel grito de Las
Ventas. Salía una voz gritando "Zabaaaaala" y los
tendidos contestaban a coro "Tontooooooo". Se
referían a lo que escribía, porque el tonto no lo
hizo nunca. Él iba siempre a lo suyo. Le gustaba
nadar a favor de corriente y cuando surgió el
fenómeno de Ojeda, lejos de escribir lo que sentía,
lo sacó en la portada de 'Abc', donde no salía
ningún torero desde que Luis Miguel picó un toro en
Vista Alegre. Veía a Ojeda como un revolucionario
sólo comparable con Belmonte. Ya véis lo poquito que
duró la 'revolución' de Ojeda en el toreo. Seguro
que ahora sería de José Tomás. Escribano mediocre
Era un escribano mediocre y encajaba trabajosamente
una prosa árida, donde no cabían los elogios
sentidos ni se mojaba para descalificar a un torero.
Monocorde y siempre a favor de obra. Nadie recordará
ni el título ni el contenido de una crónica suya.
Últimamente imitaba la entradilla de Cañabate y se
llevaba ya hecha la primera cuartilla describiendo
una comida con el Conde Fulano o un paseo imaginario
por la Macarena con Pepe Luis. Luego se limitaba a
describir las faenas. Pero sin arriesgar un juicio
de valor. Me parece una blasfemia compararlo con un
poeta de las dimensiones emocionales de Miguel
Hernández, porque ni siquiera fue cabrero como el
mártir de Orihuela y lo del Gran Capitán no sé a qué
santo viene. Lo de Anson declarándolo como mejor
crítico del siglo no deja de ser una memez. Ni sabía
escribir ni tenía fantasía o cultura para convertir
la prosa artesanal de la crónica en una obra de arte
como han logrado hacer unos pocos con más
sensibilidad, más valor y más conocimientos que su
pobre equipaje de revistero desconocido. Llamaba
'garapullos' a las banderillas, marrajo o burel al
toro y engaño a la muleta, cuando en el toreo la
técnica no debe ser engaño. El que mejor conocía a
Zabala era el inolvidable Antonio Bienvenida, del
que Vicente presumía ser casi hermano y consejero.
Antonio lo soportaba por escribir en 'Abc', pero no
le permitía opinar de toros en su presencia. Somos
bastantes los testigos que le oímos pegarle un
frenazo clamoroso cuando intentaba meter baza en la
conversación: "Cállate Vicentón, que de ésto no
sabes una palabra". Si Antonio viviera no le hubiera
permitido a su hermano 'el inglés' organizar esta
carnavalada a uno de los peores cronistas que hemos
padecido. Fue tan 'maestro' en lo suyo como Ángel
Luis en los ruedos.
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